Desde España se presentó anoche una seria candidatura a los premios Darwin (y, como dice alguien en Menéame con más humor negro que yo, con «mención especial por combo»), esos que se dan a muertes o esterilizaciones estúpidas y absurdas de personas sin descendencia que, así, limpian nuestro acervo genético de su estupidez. De una manera sólo entendible en un país donde respetar las normas y seguir el sentido común más elemental está mal visto, un grupo de jóvenes (principalmente) con complejo de lemmings realizó un extraño suicidio colectivo en la Noche de San Juan arrojándose bajo las ruedas de un tren que pasaba a toda mecha, dejando tras de sí a familiares, amigos y mucha más gente (pobre maquinista) marcados de por vida. Por fortuna, no ha estado acompañado el incidente de esa irresponsabilidad criminal también típicamente española que consiste en rodearnos de normas y luego que quien tenga que aplicarlas las ignore vilmente (véase este artículo sobre la explosión del vapor Cabo Machichaco en Santander en 1893, que no tiene desperdicio), por lo que no ha habido muertos más allá de los participantes directos.